Con
nuestro mecánico de confianza nos sentamos a la mesa. Paco. El del
barrio.
El
de toda la vida. El mismo que me dio ese trabajillo de verano en los
noventa
con
el que costee el fin de semana en que pedí a Carla que se casará
conmigo.
Hoy
nos vendía su preciado Bagheera color ocre tras otra inútil jornada
en la
calle
de la cola interminable. Disfrazaba su pena, bromista, pero yo
reconocía
esa
mirada contraria. Él me dio las llaves, yo pagué la cuenta. Tras
estrenarlo
Carla
insistió en que podría haberlo encontrado más barato.

0 Comentarios:
Publicar un comentario