Si
mi hermano tuvo la lúcida y madridista idea de bautizar al perro con
el nombre de Zizú, en honor al jugador de fútbol, correrían
los primeros años del nuevo milenio. Yo contaba unos catorce años.
Una
calurosa tarde de finales de junio mi madre se presentó en casa con
un perro que había recogido del centro veterinario del barrio. Según
mis recuerdos el can era un Schnauzer –probablemente un cruce– de
color blanco con una mancha negra en el hocico y otra en el lomo. Traía
consigo una cartilla sanitaria que rezaba su procedencia
sudamericana, su nombre (dato que mi hermano obvió) y el historial
de vacunas. Me dio lástima al leer sobre su lejana procedencia e
imaginé la hipotética y larga odisea que tuvo que correr el pobre
animal.
Aunque
la capacidad de improvisación de mi madre nunca dejaba de sorprenderme aquello me
descolocó por completo; en mi casa no eran muy receptivos con el
tema animales de compañía, especialmente mi padre.
Pese
a que era verano Zizú tiritaba. Se acurrucó al final del salón.
Junto al sofá. Yo alargué el brazo y lo acaricié con intención
de calmarlo. Tanto yo como mi hermano estábamos un tanto confusos y
escépticos. Ambos nos preguntábamos cuanto tiempo le restaba al
pobre animal para que mi padre o mi madre le nominase para abandonar
la casa.
—Para
el tito Robe.
Para
su campo—dijo ella, con una sonrisa de oreja a oreja.
Eso
ya tenía más sentido. El 'tito robe' o Roberto era -y sigue siendo-
el hermano de mi madre, un gran amante de la naturaleza que por aquel
entonces tenía un terreno en Piera con una casita de madera. Había
pasado algún que otro domingo de verano -siempre a regañadientes- y
el lugar era de lo más rural y pintoresco: la casita de madera,
pajareras con palomos, una diminuta plantación de lechugas y
hortalizas varias, gallinas correteando sueltas en armonía con gatos y dos
pavos reales. Antes de llegar a su nuevo hogar Zizú pasó un par días con nosotros.
Al principio no me
entusiasmé demasiado con el nuevo inquilino, tal vez porque ya sabía
que su estancia era accidental y no quería encariñarme.
En la mañana del
veinticuatro de junio, día después de la verbena de San Juan,
subimos al coche los cinco rumbo al terreno de mi tío no sin
antes pasar por casa de mi abuela, en Sabadell. Para entonces yo ya
me había encaprichado de Zizú e incluso intenté tímidamente, y
sin éxito, convencer a mi padre para quedarnos con él.
—Los perros son
muy guarros y trabajosos—dijo.
Mientras mis padres
y mi abuela desayunaban yo saqué a pasear a Zizú al parque que
había detrás del bloque de pisos. Aún quedaban restos de ceniza y
madera carbonizada de las hogueras que avivaron la noche anterior.
Zizú olfateó el lugar todo lo que pudo y jugamos al clásico juego
con un pequeño tronco que él iba a buscar y me traía para que se
lo volviese a lanzar. Fue la primera vez que le quité la correa, no
lo hice antes por miedo a que escapase.
Mi madre advirtió desde el balcón de que era momento de marchar.
Mi madre advirtió desde el balcón de que era momento de marchar.
—¡Zizú!—grité.
Olisqueaba
entre los restos de una ya extinta hoguera cuando, veloz, fue hacía
mí. En ese preciso instante me sentí la persona más dichosa del
mundo; me reconocía como su amo y siguió mi estela alrededor de la manzana hasta llegar al
portal del edificio, ¡Y sin correa! Definitivamente, Zizú y yo
habíamos conectado.
Pasamos el día en
el terreno de la casita de madera. Comimos arroz, Zizú
acosó a las gallinas y, junto a mi hermano, exploramos la infinita
arboleda que rodeaba a la propiedad. También tuve mi tiempo para
mangar un cigarro a mi tío y fumármelo mientras me perdía entre
los trigales. Lo cierto es que no fue un mal día.
Pero
llegó el inapelable momento del adiós. Me despedí de Zizú y fui el primero en subir
al coche. Mientras avanzábamos por un camino pedregoso que se abría
entre los campos de trigo giré la vista hacía la casita de madera y
ahí estaba Zizú, sentado, observando como nos alejábamos. Seguimos
por el irregular camino hasta llegar al asfalto. Noté como me caía una
lágrima que barrí antes de que alguien se percatase y juré que iría algún fin de semana a visitarlo. Pero esa fue la
última vez que lo vi.
Años después me
enteré de que entraron a robar al terreno de mi tío y se llevaron a
Zizú. Espero que le vaya bien allá donde esté.

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