"No ser nadie más sino tú mismo, en un mundo que está haciendo todo lo posible, día y noche, para hacer que tú seas alguien distinto, significa luchar la más dura batalla que cualquier ser humano pueda enfrentar y nunca dejar de luchar". - E. E. Cummings

sábado, 5 de mayo de 2012

Zizú, el schnauzer

     Si mi hermano tuvo la lúcida y madridista idea de bautizar al perro con el nombre de Zizú, en honor al jugador de fútbol, correrían los primeros años del nuevo milenio. Yo contaba unos catorce años.
     Una calurosa tarde de finales de junio mi madre se presentó en casa con un perro que había recogido del centro veterinario del barrio. Según mis recuerdos el can era un Schnauzer –probablemente un cruce– de color blanco con una mancha negra en el hocico y otra en el lomo. Traía consigo una cartilla sanitaria que rezaba su procedencia sudamericana, su nombre (dato que mi hermano obvió) y el historial de vacunas. Me dio lástima al leer sobre su lejana procedencia e imaginé la hipotética y larga odisea que tuvo que correr el pobre animal.
     Aunque la capacidad de improvisación de mi madre nunca dejaba de sorprenderme aquello me descolocó por completo; en mi casa no eran muy receptivos con el tema animales de compañía, especialmente mi padre.
     Pese a que era verano Zizú tiritaba. Se acurrucó al final del salón. Junto al sofá. Yo alargué el brazo y lo acaricié con intención de calmarlo. Tanto yo como mi hermano estábamos un tanto confusos y escépticos. Ambos nos preguntábamos cuanto tiempo le restaba al pobre animal para que mi padre o mi madre le nominase para abandonar la casa.
    —Para el tito Robe. Para su campo—dijo ella, con una sonrisa de oreja a oreja.
    Eso ya tenía más sentido. El 'tito robe' o Roberto era -y sigue siendo- el hermano de mi madre, un gran amante de la naturaleza que por aquel entonces tenía un terreno en Piera con una casita de madera. Había pasado algún que otro domingo de verano -siempre a regañadientes- y el lugar era de lo más rural y pintoresco: la casita de madera, pajareras con palomos, una diminuta plantación de lechugas y hortalizas varias, gallinas correteando sueltas en armonía con gatos y dos pavos reales. Antes de llegar a su nuevo hogar Zizú pasó un par días con nosotros.
     Al principio no me entusiasmé demasiado con el nuevo inquilino, tal vez porque ya sabía que su estancia era accidental y no quería encariñarme.
     En la mañana del veinticuatro de junio, día después de la verbena de San Juan, subimos al coche los cinco rumbo al terreno de mi tío no sin antes pasar por casa de mi abuela, en Sabadell. Para entonces yo ya me había encaprichado de Zizú e incluso intenté tímidamente, y sin éxito, convencer a mi padre para quedarnos con él.
   —Los perros son muy guarros y trabajosos—dijo.
     Mientras mis padres y mi abuela desayunaban yo saqué a pasear a Zizú al parque que había detrás del bloque de pisos. Aún quedaban restos de ceniza y madera carbonizada de las hogueras que avivaron la noche anterior. Zizú olfateó el lugar todo lo que pudo y jugamos al clásico juego con un pequeño tronco que él iba a buscar y me traía para que se lo volviese a lanzar. Fue la primera vez que le quité la correa, no lo hice antes por miedo a que escapase. 
    Mi madre advirtió desde el balcón de que era momento de marchar.
   —¡Zizú!—grité.
    Olisqueaba entre los restos de una ya extinta hoguera cuando, veloz, fue hacía mí. En ese preciso instante me sentí la persona más dichosa del mundo; me reconocía como su amo y siguió mi estela alrededor de la manzana hasta llegar al portal del edificio, ¡Y sin correa! Definitivamente, Zizú y yo habíamos conectado.
     Pasamos el día en el terreno de la casita de madera. Comimos arroz, Zizú acosó a las gallinas y, junto a mi hermano, exploramos la infinita arboleda que rodeaba a la propiedad. También tuve mi tiempo para mangar un cigarro a mi tío y fumármelo mientras me perdía entre los trigales. Lo cierto es que no fue un mal día.
    Pero llegó el inapelable momento del adiós. Me despedí de Zizú y fui el primero en subir al coche. Mientras avanzábamos por un camino pedregoso que se abría entre los campos de trigo giré la vista hacía la casita de madera y ahí estaba Zizú, sentado, observando como nos alejábamos. Seguimos por el irregular camino hasta llegar al asfalto. Noté como me caía una lágrima que barrí antes de que alguien se percatase y juré que iría algún fin de semana a visitarlo. Pero esa fue la última vez que lo vi.
     Años después me enteré de que entraron a robar al terreno de mi tío y se llevaron a Zizú. Espero que le vaya bien allá donde esté.


0 Comentarios:

Publicar un comentario